Prácticas sencillas para tu día a día
Tu capacidad para gestionar tus emociones está directamente conectada con el estado de tu sistema nervioso. Cuando éste está equilibrado, tu mente se aclara, tus emociones fluyen y tu cuerpo confía. Pero cuando está sobre estimulado, agotado o en constante alerta, todo se vuelve más difícil: reaccionas de forma impulsiva, te cuesta concentrarte y el descanso deja de ser reparador.
No llegaste ahí por casualidad. Tu sistema nervioso es el reflejo de tu historia.
La historia habita en tu cuerpo
Si creciste en un entorno donde tenías que callar para no molestar, sonreír cuando querías llorar o ser fuerte cuando necesitabas consuelo, esa tensión emocional no desapareció. Tu cuerpo aprendió a vivir en alerta. A veces confundimos calma con control, pero el control sostenido es, en realidad, una forma de supervivencia. Y cuando pasamos años reprimiendo emociones o intentando “poder con todo”, el cuerpo asume esa rigidez como su estado normal.
Entonces lo extraordinario se convierte en rutina:
estrés constante, ansiedad silenciosa, dificultad para disfrutar.
El cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar. Por eso, regular tu sistema nervioso no es un lujo: es una forma de sanar tu historia. Y yo puedo acompañarte en tu proceso.
No se trata de hacer más, sino de hacer diferente
Regular tu sistema nervioso no tiene que ver con productividad, sino con presencia. El equilibrio no llega de repente; se cultiva día a día, con pequeños hábitos que le recuerdan al cuerpo que ya no está en peligro. Estas 3 prácticas no son soluciones rápidas, sino rituales cotidianos que te devuelven a ti. La constancia transforma más que la intensidad.
1. Conecta con la naturaleza
Caminar descalza sobre la hierba, tocar la tierra, mirar el cielo o sentir el viento en la piel. Son gestos simples, pero profundamente reparadores. La naturaleza regula, no porque “haga magia”, sino porque nos devuelve al ritmo que olvidamos: el del presente. No necesitas un bosque. Una planta, el sol en tu rostro o una pausa junto a una ventana también sirven.
“Cuando el cuerpo se reencuentra con la tierra, el alma respira.”
2. Despierta sin pantallas
El modo en que inicias tu día define el tono de tu mente. Revisar el teléfono al despertar activa tu sistema de recompensa y estrés: comienzas el día buscando estímulos, no presencia. Durante los primeros 30 minutos de la mañana, elige no mirar tu móvil. Si te cuesta, empieza con solo 1 o 2 minutos. Bebe agua, estira el cuerpo, respira profundo. Permite que tu mente despierte contigo, no con el ruido del mundo.
Esa simple decisión es una declaración de amor propio:
“Primero me escucho a mí, para luego poder escuchar al mundo.”
3. Crea un ritual nocturno
El sistema nervioso ama los rituales. Una rutina antes de dormir actúa como una señal de seguridad: le indica al cuerpo que puede soltar el día. Evita lo que te altera (mensajes laborales, noticias, películas intensas) y elige algo que te recuerde que estás a salvo:
- Preparar una infusión.
- Escribir tres cosas por las que agradeces.
- Leer unas páginas de un libro que te guste.
- Meditar o estirar unos minutos.
No importa tanto qué hagas, sino desde dónde lo haces. La consistencia le enseña a tu cuerpo que cada noche es un refugio, no una batalla.
¿Y qué pasa cuando el cuerpo confía?
La mente puede descansar
Regular tu sistema nervioso no es una meta, es un camino de regreso a ti. Cada respiración consciente, cada pausa y cada gesto amable hacia ti misma son recordatorios de que la calma no se fuerza: se cultiva. El bienestar emocional no se alcanza pensando diferente, sino enseñándole al cuerpo que está a salvo.
“No tienes que empezar de cero, solo tienes que volver a ti.”
¿Lista para llevar estas prácticas a otro nivel?
Descubre mis programas de regulación y mindfulness, donde aprenderás a calmar tu sistema nervioso desde el cuerpo, no desde el control.
Con cariño,
Mar
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SOY MAR, AUTORA DEL BLOG DE SEASINSPIRATION
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Tu capacidad para gestionar tus emociones está directamente conectada con el estado de tu sistema nervioso. Cuando éste está equilibrado, tu mente se aclara, tus emociones fluyen y tu cuerpo confía. Pero cuando está sobre estimulado, agotado o en constante alerta, todo se vuelve más difícil: reaccionas de forma impulsiva, te cuesta concentrarte y el descanso deja de ser reparador.
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